Mundo ficciónIniciar sesiónEn el trono secundario, a la izquierda del gran asiento de mármol negro donde reposaba su padre, Elyra mantenía la compostura propia de una dama real, el mentón elevado con altivez innata, la espalda erguida como dictaban los modales que la reina madre le había inculcado desde la cuna, pero sus ojos —fríos como el hielo del norte— no se posaban en los peticionarios ni en los escribas que leían los cargos y súplicas de la gente del reino, no, esos ojos estaban ausentes, vagaban por un mundo invisible en el que sólo había espacio para una sola presencia, y esa era la de Vaedrik, el hijo ilegítimo, el bastardo legitimado, el príncipe maldito, su sombra y su reflejo, su castigo y su delirio, el fuego que la quemaba en silencio sin que nadie lo supiera.
No era que Elyra careciera de amor por su pueblo, ni que ignorara la importancia de los deberes reales, pero su mente, su espíritu, todo su ser se encontraba eclipsado por la incertidumbre, por el misterio de su ausencia, y en lo profundo de su pecho, muy a su pesar, se removía una ansiedad que no podía nombrar sin quebrantar la máscara de hielo que le protegía, esa que usaba como escudo para ocultar el caos que ese hombre despertaba dentro de ella. Había algo indomable en su forma de odiarlo, como si el desprecio que sentía no fuera sino un disfraz para algo más profundo, más oscuro, más verdadero, una pasión que se gestaba desde la infancia, desde aquellas primeras batallas que no eran con espadas sino con miradas, con palabras mordaces, con silencios cargados de veneno y deseo reprimido. Su historia con Vaedrik no era una que pudiera contarse con dulzura, no era un lazo de esos que nacen bajo el sol del afecto fraterno, sino un vínculo forjado a golpes de orgullo y rivalidad, una danza constante entre el querer y el no poder, entre la necesidad de superarlo y el deseo de que la mirase como sólo él sabía hacerlo, como si el mundo entero no existiera cuando sus ojos se cruzaban, como si en medio de tanta guerra, traición y deber, lo único real fuese aquella tensión que los unía como imanes malditos, predestinados a encontrarse sólo para volver a destruirse una y otra vez. Ella era la heredera legítima, la sangre pura del dragón, nacida del vientre de la reina Elenyra Velkharys, joya de la casa de fuego, hija directa del rey Margot Velkharys, quien había tomado a su prima como esposa para mantener la línea intacta, sagrada y temida, una práctica antigua como el propio linaje, donde la consanguinidad no era un tabú sino una honra, una forma de preservar el poder absoluto, porque en ese mundo solo los verdaderos hijos del fuego eran dignos de portar la corona de Velkharys, esa que no sólo representaba la soberanía sobre un reino sino el dominio de todo un continente hambriento de gloria y sometimiento. Vaedrik, por el contrario, era la espina en el costado de esa perfección, el hijo que el rey tuvo con una mujer extranjera, hermosa sí, pero sin la nobleza ancestral en la sangre, sin el derecho que otorgaban siglos de fuego y guerra, y aun así, legitimado por capricho o por necesidad, convertido en príncipe, elevado a un pedestal que no le correspondía por nacimiento, y que Elyra jamás le perdonaría haber ocupado. La lucha por el trono no era sólo una cuestión política o sucesoria, era personal, era visceral, era el campo de batalla donde se jugaban sus propios destinos, donde lo que estaba en juego no era sólo una corona, sino la misma esencia de quienes eran. Y sin embargo, en medio de todo ese desprecio, en cada roce accidental, en cada palabra dicha con rabia, había una verdad que los desnudaba por dentro, una conexión imposible de negar, como si estuvieran hechos de la misma tempestad, como si el mismo fuego les ardiera en las venas, un fuego que ni siquiera el deber, la razón o la moral podían apagar, un fuego que algún día, tarde o temprano, los consumiría a ambos. Porque eso eran: dos llamas danzando peligrosamente cerca, destinadas a arder juntas o a destruirse mutuamente bajo el peso de una historia escrita con sangre, orgullo y deseo. Justo en ese instante, cuando el silencio en el salón real se hacía pesado y los ecos de las últimas palabras del consejo aún flotaban en el aire, la puerta principal se abrió con un leve chirrido que arrastró las miradas hacia ella, dejando entrever la imponente silueta de Vaedrik, seguido, como su sombra leal, por Kaelion. No caminaban como si hubieran sido llamados, sino como si el lugar les perteneciera, como si no hubiese rincón en aquel palacio que no estuviese al tanto de su paso, como si la piedra misma los reconociera y se apartara ante ellos. Había en el porte de ambos una presencia innegable, forjada en sangre noble y en años de fuego. Pero era Vaedrik quien dominaba la escena, como un lobo entrando en su madriguera. —Padre —pronunció con voz baja y firme, más como una formalidad que con respeto verdadero. Se inclinó apenas, con un gesto de cabeza hacia el rey Margot, lo justo para no ser reprendido. Luego, sus ojos se deslizaron hasta posarse en la figura femenina que destacaba entre los rostros solemnes de la corte, y una ligera sonrisa curvó sus labios—. Princesa. Elyra no necesitó volverse para saber a quién iba dirigida esa palabra cargada de sarcasmo. Vaedrik tenía una forma de decirla que convertía el título en una provocación. Se detuvo frente a ella con esa arrogancia aprendida, nacido de la certeza de su poder, de su linaje y de su belleza, como si el mundo le debiera siempre atención. Se agachó con la lentitud de un depredador que juega con su presa, hasta que sus labios rozaron la mejilla de la joven. Elyra, firme como una hoja aún no vencida por el viento, torció los labios con una mueca evidente de repulsión, y se alejó con un gesto tan educado como airado. —Qué descortés —susurró entre dientes, sin mirarlo del todo, aunque su mirada encontró la de él durante un instante en el que el aire pareció tensarse. Sus ojos grises, afilados como cuchillas de obsidiana, se clavaron en ella sin pudor alguno, haciendo que tragara saliva al sentirse desnuda en su juicio. Elyra giró el rostro con rapidez, posando su atención en los ciudadanos presentes, intentando ocultar el leve estremecimiento que le recorrió la espalda. —Al contrario, estoy siendo cortés —respondió Vaedrik con una sonrisa que no alcanzaba a ser amable. —Vaedrik, compórtate como un príncipe —ordenó Margot desde el trono, con una nota de impaciencia mal contenida en la voz. El joven no respondió de inmediato. Solo se irguió lentamente, como si se sacudiera el peso de su diversión. Su semblante, hasta entonces desenfadado y altivo, se endureció. La máscara del heredero volvió a colocarse sobre su rostro, y con ella, el silencio que siempre venía tras los regaños. Los aceptaba sin rechistar, pero nunca sin dejar de mostrar su incomodidad. Vaedrik no era un hombre de obediencia. Su espíritu estaba hecho de los fragmentos más brillantes y oscuros de sus antepasados: el fuego, la furia, el deseo de mandar y la necesidad de desafiar. Era tan temido como amado, y su forma de existir parecía estar diseñada para incomodar a los viejos, fascinar a los jóvenes, y dejar huella en todos. Vaedrik no necesitaba alzar la voz para imponerse; lo hacía con una mirada, con el peso de su historia, con la certeza de que ningún otro en la sala podía igualarle en sangre o en fuego. Tenía esa belleza peligrosa que parecía escrita para las canciones y las tragedias, un perfil que la corte jamás lograba ignorar. Y Kaelion, su sombra en esos momentos, permanecía callado. No por falta de opinión, sino porque sabía cuándo debía permitir que el lobo a su lado brillara. Los dos juntos eran temidos, incluso por aquellos que los habían visto crecer. Y no por nada. Las leyendas sobre su sangre hablaban por sí solas. No hacían falta explicaciones. Todos sabían quiénes eran.






