Elyra caminó sin rumbo fijo hacia los jardines traseros del palacio, como si la necesidad de alejarse de todos le ardiera en la piel. El mármol de los pasillos se transformó pronto en la suavidad del césped húmedo, y la calma que emanaba de ese rincón escondido parecía envolverla por completo, allí, bajo la silueta alargada de los cipreses que proyectaban sus sombras con la llegada del crepúsculo, una pequeña fuente dejaba caer su canto de agua ininterrumpido, como si el tiempo en ese lugar no