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DÉCIMO CUARTO CAPÍTULO

Elyra caminó sin rumbo fijo hacia los jardines traseros del palacio, como si la necesidad de alejarse de todos le ardiera en la piel. El mármol de los pasillos se transformó pronto en la suavidad del césped húmedo, y la calma que emanaba de ese rincón escondido parecía envolverla por completo, allí, bajo la silueta alargada de los cipreses que proyectaban sus sombras con la llegada del crepúsculo, una pequeña fuente dejaba caer su canto de agua ininterrumpido, como si el tiempo en ese lugar no existiera, como si los pecados se detuvieran por un segundo.

Elyra se sentó sobre la hierba, cruzando las piernas con descuido, y suspiró con pesadez. El cuerpo comenzaba a dolerle; no por las exigencias físicas del día, sino por el peso invisible que traía a cuestas. La luz del sol descendía con pereza, tiñendo todo de un oro sucio, como si el día también se rehusara a morir.

Entonces, lo escuchó, el leve crujido de una rama, un paso contenido, no era un sirviente, no era el viento, se levantó de golpe como un resorte, sacando una daga de su pantalón con una destreza que no encajaba con el terciopelo de su piel ni con su título. La sostuvo con firmeza, preparada para clavarla sin titubear.

—Soy yo — Dijo una voz conocida, con esa sonrisa socarrona que parecía haber sido forjada por los dioses para desarmarla.

Vaedrik se dejó ver entre los setos con su andar perezoso, la camisa abierta en el pecho y los cabellos algo despeinados, como si el viento también supiera que no debía tocarlo con delicadeza, sonreía con los dientes perfectos, la mirada encendida de picardía y algo más, algo más profundo, algo más enfermo.

Elyra bufó por lo bajo y guardó la daga, no dijo nada al principio, solo se volvió a sentar, con un fastidio que era más un escudo que una emoción real. Sabía que él no se iría, sabía que, una vez que él decidía seguirla, no habría rincón en ese maldito mundo donde no apareciera.

—Me persigues a todos lados — Dijo sin mirarlo, no lo insinuó, lo afirmó como quien anuncia la llegada de una tormenta, Vaedrik no la seguía por curiosidad o por afecto.

Lo hacía por necesidad, por obsesión, como si necesitara saber en qué momento respiraba, a quién miraba, cuándo parpadeaba, no era amor de hermanos, era algo más, era amor enfermizo, pero uno de esos que no se escriben en canciones, sino en tragedias. Elyra lo sabía, sabía que él era su ruina, que estar cerca de él era caminar en una cuerda filosa, y sin embargo, allí estaba. Porque el peligro no solo la llamaba, la seducía.

Vaedrik se sentó frente a ella con la misma sonrisa, acomodando sus piernas como si estuviera en el trono de su propio mundo, pero bastó un segundo para que esa expresión relajada desapareciera. Su rostro se volvió serio, la mirada profunda, inquisitiva, como si intentara atravesarla, leerla, arrancarle los secretos que aún no se atrevía a decir ni en voz baja, dsu semblante se endureció, pero sus ojos la devoraban.

—Creo que es imposible no perseguirte —dijo, y esa frase fue una daga más afilada que la de Elyra, lo dijo con la voz baja, cargada de un eje de insinuación tan claro que le erizó la piel, no se estaba burlando, lo decía en serio, lo decía como quien acepta una condena.

La joven tragó saliva, había pasado de ser la rebelde de la corte, la boca suelta, la temida hija que hablaba de más, a sentirse reducida al papel de una niña temblorosa bajo la sombra de un monstruo familiar, porque eso era Vaedrik, un incendio contenido en piel dorada y sonrisa letal.

—Te odio, Vaedrik, no lo olvides —murmuró con voz rasposa, había algo en ella que quería herirlo, pero también algo que deseaba que se quedara, hizo una pausa, porque no era suficiente—, te empeñas en estar cerca, nuestra relación va de mal en peor.

Y era cierto, lo que antes eran peleas llenas de sarcasmo, ahora se transformaban en silencios peligrosos, lo que antes eran insultos, eran ahora miradas que decían demasiado, las líneas estaban rotas, las reglas también, nadie hablaba de ello, pero todos en el palacio sabían que la tensión entre ellos ya no era sólo odio, era otra cosa, algo retorcido, algo que, de no detenerse, destruiría a ambos.

Vaedrik no respondió, solo la observó, con esa forma suya de hacerlo que la hacía sentirse atrapada bajo un vidrio, como si sus pensamientos no le pertenecieran, como si él pudiera desnudarlos todos, uno a uno, y tal vez podía, porque cada vez que él hablaba, Elyra no sabía si quería golpearlo, besarlo o huir.

Pero por mucho que lo pensara, por mucho que intentara justificar su cercanía con argumentos que ni ella creía del todo, Elyra no podía escapar de una sola y cruel verdad: Vaedrik era su hermanastro, y aunque en ese reino los lazos entre familiares no eran del todo un impedimento —había matrimonios entre primos, entre tíos y sobrinas, incluso entre medios hermanos de sangre pura—.

Ese no era el verdadero conflicto, no, el verdadero problema era que Vaedrik no era un Velkharys de sangre, era un bastardo, un hijo ilegítimo traído al mundo por el capricho de un rey enamorado de una concubina, una mancha en la línea, un error que su padre decidió acoger, legitimar y vestir como príncipe, pero que seguía siendo eso: un error, y el reino lo sabía, lo murmuraba, lo repetía como una plegaria rota.

Y lo peor no era eso, lo peor era que ella, Elyra, la hija dorada, la heredera de fuego, la sangre bendita de los Velkharys, lo deseaba.

Se lo había repetido cientos de veces a sí misma, no era amor, no podía serlo, era una obsesión alimentada por la tensión, por la forma en que él la miraba como si fuera suya, como si ningún dios, ninguna ley, ninguna amenaza pudiera impedirle alcanzarla, era su enemigo, su sombra, su tentación, y, sin embargo, cuando lo tenía cerca, todo su entrenamiento, toda su fortaleza, todo lo que creía saber sobre el honor, se le desmoronaba.

—Eres buena mintiendo —dijo él de pronto, con esa voz baja y cargada de una calma peligrosa, había pasado tanto tiempo desde su última palabra que el silencio entre ambos se había vuelto una jaula, Elyra lo miró sin saber cómo responder, su corazón golpeaba, traidor, contra sus costillas.

Vaedrik se llevó la mano al bolsillo interior de su chaqueta de cuero oscuro, la misma que siempre llevaba abierta, mostrando el pecho apenas cubierto por una camisa suelta, descuidada, de ese bolsillo sacó un pequeño objeto: un collar, un dije de dragón colgaba de la cadena, tallado con precisión en obsidiana y oro, no era solo bonito, era antiguo, simbólico, y, como todo lo que él hacía, era una provocación.

Lo sostuvo en su palma por un momento, contemplándolo, la luz tenue del atardecer arrancó destellos cobrizos del cabello enredado de Vaedrik, y por un segundo pareció más una criatura mítica que un hombre, sus ojos se alzaron hacia ella, feroces, inquisitivos, ardían como brasas húmedas, como si en sus pupilas habitara la misma llama que los dragones que gobernaban en sus estandartes.

—¿Y eso? —preguntó Elyra, fingiendo indiferencia, su voz fue casi un susurro, había algo en ese silencio entre ambos, en ese momento detenido, que la asfixiaba.

—Lo he comprado esta mañana, para ti —respondió él sin apartar la vista de su rostro.

Elyra entreabrió los labios, desconcertada, no se lo esperaba, él no era de regalar cosas, no de esa forma, no con ese gesto casi íntimo, sintió cómo una sonrisa pugnaba por nacer en su rostro, pero la contuvo con todas sus fuerzas, luchando contra el rubor que ya le subía por el cuello.

Vaedrik se acercó, se acercó sin prisa, con ese andar suyo lleno de arrogancia y deseo reprimido, se colocó detrás de ella, y con manos firmes, rodeó su cuello para colocarle el collar, Elyra cerró los ojos, sintió la cadena fría rozar su piel caliente, sintió los dedos de él rozarle la nuca con una lentitud premeditada, cruel, deliciosa, el contacto fue breve, pero bastó para encenderle cada nervio del cuerpo.

—No deberías hacer esto —susurró, apenas audiblemente.

—¿Por qué no? —preguntó él, apoyando sus labios cerca de su oreja, tan cerca que su aliento le erizó la piel—, ¿porque soy tu hermanastro?, ¿porque todos los ojos nos juzgan?, ¿o porque sabes que te gusta que lo haga?

Ella no respondió, no podía, lo odiaba por eso, por conocerla tan bien, por saber qué palabras usar para desarmarla, por no pedir permiso nunca.

Vaedrik volvió al frente, se agachó para estar a su altura, le sostuvo el mentón con una sola mano, obligándola a mirarlo, Elyra alzó los ojos, encontrándose con los de él, esa mirada suya no tenía piedad, no tenía cordura, solo deseo, furia y algo parecido a un amor condenado.

—Podrías decirme que me detenga —murmuró él—, solo dilo y me alejo, pero no lo haces, nunca lo haces.

Elyra tragó saliva, sentía el dije del dragón latir contra su piel como si tuviera vida propia, como si Vaedrik hubiera sellado algo más que un regalo en su cuello.

—Porque sé que no lo harías —dijo finalmente, con voz quebrada—, ni aunque lo rogara.

Vaedrik sonrió, pero esta vez no con burla, era una sonrisa amarga, triste, retorcida.

—No, no lo haría.

Y ahí estaban, atrapados en un abismo del que no podían —ni querían— salir, hermanos a los ojos del mundo, enemigos por mandato, amantes en silencio, Elyra sabía que estaba condenada, y aun así, no se movió cuando él volvió a acercarse, cuando su frente se apoyó contra la de ella, porque en ese instante, incluso el pecado parecía más misericordioso que la soledad.

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