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DÉCIMO SEGUNDO CAPÍTULO

Los guardias hicieron una reverencia ante el príncipe Vaedrik y su primo Kaelion, el cual era su acompañante en aquella inusual mañana. Ambos cruzaron el enorme portón de hierro forjado que daba paso al interior del pueblo de Valatharys, un lugar vibrante, lleno de vida, con callejuelas empedradas que serpenteaban entre casas de piedra adornadas con balcones de hierro y banderas que ondeaban con orgullo los colores del reino. El sonido del mercado era una sinfonía de voces, pasos y animales que se entremezclaban en el aire fresco. Era raro ver a miembros de la familia real caminando entre los ciudadanos, y más aún al príncipe heredero, pero aquella mañana se había hecho la excepción, y los dos jóvenes, alejados de la opulencia del palacio, decidieron recorrer el corazón de su pueblo a pie.

Los Velkharys eran conocidos por su sentido de justicia y preocupación por su pueblo, una dinastía que no permitía el hambre ni el sufrimiento de sus súbditos. La gente sabía que, si necesitaban algo, podían ir directamente ante la corte real, exponer sus quejas o buscar soluciones a sus problemas, pues los reyes y sus hijos no eran sordos ante el clamor de la calle. Aun así, existía una barrera invisible entre la realeza y el resto del pueblo. La costumbre, los protocolos y siglos de distancia mantenían a los príncipes apartados de la vida cotidiana del pueblo. Era por eso que las miradas se alzaban con sorpresa, curiosidad y respeto al verlos pasar, y aunque no todos los reconocían de inmediato, algunos se detenían para hacer una reverencia mientras otros simplemente seguían su camino con cautela.

Vaedrik caminaba con la cabeza en alto, su porte elegante y su figura imponente se imponía con naturalidad. Vestía un impecable traje negro con bordados dorados que brillaban bajo la luz del sol, adornado con una capa pesada que arrastraba suavemente por detrás. El viento de la mañana mecía sus rizos rojizos, un color poco común en Valatharys, tanto así que su sola presencia lo hacía inconfundible. Aquella cabellera cobriza era motivo de susurros entre algunos, y objeto de miradas discretas por parte de mujeres y hombres que no estaban acostumbrados a ver algo tan diferente y, al mismo tiempo, tan atractivo. Vaedrik, con su mirada gris penetrante, avanzaba sin mostrar demasiada emoción, como si el bullicio de la ciudad no le afectara en lo más mínimo.

Kaelion, en cambio, caminaba a su lado con otro aire. Su traje azul medianoche combinaba con la capa que llevaba al hombro, y aunque su porte también era elegante, había una ligereza en su andar, una picardía en sus ojos marrones que no se molestaban en disimular su atención por las jóvenes que pasaban. No era difícil notar la diferencia entre los dos primos. Kaelion se dejaba llevar por los estímulos del entorno, mientras Vaedrik parecía permanecer ajeno a todo, como si nada pudiera verdaderamente sacudir su centro. Aun así, eso no quería decir que el príncipe no tuviera historia con mujeres. Era bien sabido que había tenido sus aventuras, algunas fugaces, otras más intensas, aunque nunca tan escandalosas ni numerosas como las de Kaelion. Pero su actitud fría, su distancia y la forma en que no se dejaba llevar por lo superficial lo hacían aún más deseado por quienes lo observaban.

—Esa está linda— susurró Kaelion, inclinándose levemente hacia su primo para que sólo él pudiera escucharlo, señalando disimuladamente a una joven de cabello trenzado que había pasado por su lado.

—Lo está— confirmó Vaedrik con su tono serio de siempre, aunque se permitió un leve matiz seductor, como si aquella pequeña chispa bastara para desmentir la frialdad de su fachada. —Pero no vine a buscar mujeres, vine a acompañarte y a recoger la daga que encargué.

—Se nota que no nos parecemos en nada, Vaedrik— soltó Kaelion con tono molesto y una pizca de burla, ofendido por la seriedad de su primo.

—Me estoy guardando para alguien— confesó el cobrizo con un tono divertido que desentonaba con su expresión imperturbable, como si en el fondo estuviera disfrutando del desconcierto de Kaelion.

—¿Ah sí? Pues no te creo nada. A donde vas, siempre consigues— soltó una risa breve y negando con la cabeza. —¿Tú siendo fiel?

Los dos príncipes continuaron caminando por entre la multitud, sin perder el ritmo, con la confianza de quienes han sido entrenados desde la cuna para imponerse sin decir una palabra. A pesar de estar rodeados de gente, parecía que había un espacio invisible que se abría a su paso, una especie de respeto silencioso que los envolvía. Algunos ciudadanos, los pocos que lograban reconocerlos, se detenían para hacerles una reverencia leve, pero la mayoría seguía su camino sin perturbarse. La realidad era que, aunque todos sabían de su existencia, casi nadie los había visto tan de cerca. La realeza no se mezclaba con los comunes, y su presencia entre las calles era tan infrecuente que más de uno pensó que se trataba de alguna aparición simbólica, algo que recordarían por años.

De pronto, Vaedrik se detuvo frente a una joyería, una tienda pequeña pero elegante, con vitrinas de cristal pulido que reflejaban la luz del sol en destellos dorados. En el centro del escaparate, brillaba una joya singular: un collar de oro con la forma de un dragón de alas desplegadas, de figura esbelta y curvatura perfecta. El príncipe se acercó al cristal, fijando sus ojos grises en la pieza, mientras su mano se alzaba con delicadeza para acariciar la superficie del vidrio, como si ya la sintiera suya.

El joyero, un anciano de barba blanca y manos temblorosas, lo reconoció de inmediato. Su rostro se iluminó con una sonrisa amable, y se acercó con respeto.

—¿Le gusta?— preguntó con un tono reverente, observando cómo el joven no apartaba la mirada de la joya.

—Sí...— respondió Vaedrik de inmediato, sin dejar de mirar el dragón. Su tono era bajo, como si ya hubiera decidido que esa joya tenía un destino.

—¿Para quién sería eso?— preguntó Kaelion, con la curiosidad natural de quien conocía bien a su primo y rara vez lo veía tan interesado por un objeto.

—Tengo una hermana— respondió Vaedrik con simpleza, como si esas tres palabras bastaran para explicarlo todo. Y, en realidad, así era. Porque para él, decir “tengo una hermana” era decirlo todo.

—Ya veo— Respondió el joven castaño, el cuál era demasiado interrogador, un dolor de cabeza para Vaedrik— ¿Crees que me guste? Elyra es una persona difícil, ya sabes...compleja, fría, parece más hombre, ¿Sabes? Creo qué es el hijo varón que mi tío siempre quiso tener.

Vaedrik lo aceptaba, Elyra era fría, tenía qué ser decendiente de una Targaryen, con su cabello trenzado, y a veces suelto, con esa mirada fría, poca paciencia, y valentía, parecía más hombre que chica, pero ella tenía algo femenino, no todos se daban el tiempo de convivir con ella para saberlo.

—Le gustará, solo es de saber en qué momento dárselo, además ella es una chica, lo qué tiene entre las piernas la hace más mujer qué cualquier cosa, además si te dieras el tiempo de convivir con ella, no dirías eso— Kaelion guardó silencio, no por respeto, si no porqué sabía que era verdad.

—¿Cuánto sería por él?— Preguntó Vaedrik.

—Cincuenta monedas de plata mi príncipe— Respondió el anciano mientras guardaba el collar en un saquito de cuero fino.

Vaedrik sacó cincuenta monedas de oro de su bolsa y se las entregó al anciano, el cuál sonrió en grande.

Los dos jóvenes siguieron su camino hasta llegar a la herrería, Vaedrik había encargado una daga, una pieza que a simple vista parecía forjada por las mismas sombras, con una hoja de obsidiana pulida tan negra que absorbía la luz, afilada hasta el extremo, con doble filo que se curvaba sutilmente hacia adentro como si quisiera desgarrar más que cortar, el centro de la hoja tenía grabados de arabescos plateados que danzaban en un patrón casi hipnótico, semejantes a raíces retorcidas o serpientes en movimiento, y entre ellos corría una delgada línea fucsia que brillaba con un fulgor sobrenatural, como si estuviera viva, el pomo era pesado, tallado con precisión y coronado con una piedra ónix engarzada, el mango estaba envuelto en cuero negro trenzado que se ajustaba perfectamente a la mano, firme, sólido, hecho para quien estaba dispuesto a matar con estilo y precisión, no era un arma común, sino un símbolo, un mensaje, una advertencia envuelta en belleza y veneno.

Kaelion al verla sintió envidia.

—¿Para qué tantas si ya tienes muchas?— Preguntó con ese tono irritante que tenía.

—¿Puedes dejar de hacer preguntas?— Pidió mientras pagaba el arma para luego alejarse de la herrería.

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