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DÉCIMO QUINTO CAPÍTULO

EN NOCTHAR...

Daerion Verthar reposaba en su trono como un depredador paciente, sin necesidad de moverse para imponer respeto, ni de alzar la voz para ser escuchado. Aquel asiento de obsidiana y marfil ennegrecido, con los relieves antiguos de bestias extinguidas y glifos olvidados, parecía forjado no sólo para un hombre, sino para un espíritu implacable, heredero de los despojos de la guerra y la voluntad de siglos de ambición.

El salón era amplio, oscuro y frío; los ventanales altos permitían la entrada de una luz pálida que apenas rompía la sombra que habitaba el recinto. Sus cortesanos se mantenían de pie, a distancia prudente, respirando con cautela, pues el humor del rey era, desde hacía días, tempestuoso.

Él mismo no pronunciaba palabra, pero el modo en que su mano recorría su barba espesa -con aquel anillo dorado que ostentaba la cabeza de un tigre devorando a una serpiente- bastaba para que todos comprendiesen que su paciencia pendía de un hilo invisible y tenso.

Los heraldos, los asesores, los emisarios y aun los señores de casas menores se presentaban con reverencia medida, como si el aire mismo de la sala hubiese adquirido un peso más denso, más opresivo, capaz de quebrar voluntades. Pero Daerion no se inmutaba. Escuchaba sin parecer hacerlo, juzgaba sin pronunciar veredicios, y cada silencio prolongado era una sentencia más dura que cualquier palabra.

Era un hombre endurecido por la traición, forjado en el crisol de la derrota y resucitado por su propio fuego, una llama que no ardía con calor, sino con una quietud peligrosa, como la brasa que aguarda el soplo para convertirse en incendio.

No era un rey nacido para la corona, sino uno que la tomó. Miembro exiliado de la Casa Daron, antaño orgullosa e influyente, Daerion había visto cómo los pilares de su linaje se derrumbaban bajo la insidia de rivales más astutos y alianzas de sangre teñida. No había implorado por piedad ni reclamado restitución alguna. Había esperado. Había urdido.

Había recordado cada nombre, cada traición, cada mirada condescendiente que lo veía como el hijo caído de una casa sin futuro. Y entonces, cuando la tempestad de su alma encontró ocasión, reclamó lo que creía suyo: Nocthar, la joya del oeste de Aetherya, rica en hierro, en fortaleza y en hombres de temple.

Pero Aetherya no era un continente sencillo. Era el centro palpitante del mundo conocido, un crisol de reinos y casas que tejían y destejen el destino de sus pueblos como si cada día fuese una partida de caza. Nocthar era sólo uno entre muchos: Solaris, con su mística academia de sabios y magos; Marendor, guardián de los ríos y puertos; Draknor, la fortaleza de los montañeses; y Valatharys, la casa de los verdaderos dragones, dueña del linaje más antiguo y de los secretos más temidos.

A su alrededor se alzaban otros continentes, separados por océanos hostiles y cordilleras que casi tocaban los cielos: Xal'Zarim, la tierra del fuego sin fin; Auvellion, el jardín prohibido de las reinas del sur; Thandor, cuyas llanuras eran más vastas que cualquier mar; Nirelya, helada y lejana; y Nyvarion, de donde nada vuelve si no es maldito.

Aetherya, entre todos ellos, era único. No sólo por su riqueza, por sus ciudades amuralladas o por su historia teñida de sangre, sino por un hecho que ningún otro continente podía reclamar con verdad: allí, los dragones aún vivían. Y no como sombras del pasado ni como bestias perdidas en los rincones del mundo, sino como criaturas vivientes, altivas y salvajes, vinculadas a una sola estirpe: los Velkharys.

La Casa Velkharys, regidora absoluta de Valatharys, no sólo montaba dragones, sino que hablaba la lengua de fuego, el Velkaresh, una lengua antigua, compleja y hermosa en su violencia. No era un idioma hecho para la diplomacia ni para el comercio; era la lengua de los cielos, de las montañas rotas por garras, de los rugidos que cruzaban generaciones. Solo los nacidos del linaje más puro podían hablarlo con fluidez, y aun entre ellos, eran pocos los que podían pronunciarlo sin que su acento delatara imperfección.

En las cortes menores, en las calles, en las universidades, y entre los ejércitos, se hablaba el Itiryo, una lengua más simple, derivada de viejas formas del habla que según los eruditos de Solaris tenía raíces en un continente olvidado más allá del océano, del que el propio mundo de Elarion tal vez hubiese heredado sus primeros nombres.

Daerion despreciaba el Velkaresh, no por ignorancia, sino por orgullo. No necesitaba la lengua de los dragones para ser temido, y lo cierto es que su poder provenía del hierro, no del fuego. Su corte hablaba Itiryo, y así sería mientras él reinara. Aun así, era consciente de que la lengua poseía un valor simbólico incalculable, una herencia de fuego que sólo los Velkharys podían blandir como arma o bandera, y por ello, los vigilaba con atención, como un halcón observa a otro depredador que vuela más alto pero no con mayor hambre.

La rabia que lo devoraba en silencio no era nueva. Era antigua, constante, tan familiar como el tacto del anillo en su dedo o el peso de su espada sobre su cadera. Era la rabia del que ha construido un reino pero aún no lo considera suficiente. Del que ha vencido batallas pero sabe que la guerra verdadera aún no ha comenzado. Y en sus pensamientos, mientras los nobles hablaban de impuestos y sequías y pactos por renovar, Daerion pensaba en Valatharys, en los dragones que surcaban sus cielos, y en la sangre que aún debía derramarse para que su sombra fuese reconocida no sólo en Nocthar, sino en toda Aetherya... y más allá.

—Escaparon, los Velkharys escaparon —Soltó con voz llena de irritación —Teníamos la oportunidad.

—Mi señor, no son tan tontos como creímos, están entrenados para esté tipo de situaciones— Daerion asintió, su hombre de confianza Leo tenía la razón.

La casa Velkharys era conocida por su riguroso entrenamiento con sus herederos jóvenes, los entrenaban para situaciones complicadas dónde estaban bajo amenaza, el ser jinetes les daba mucha más ventaja que los demás soldados, y el escape de ese día era claro ejemplo.

Lo qué al rey le sorprendió fué la destreza de la joven hija de su mayor enemigo: Margot Velkharys, esa valentía y determinación digna de un hombre, era poco común en una mujer, pero descendiente de los Velkharys debía ser.

—Tienes razón Leo, no son tontos, demostraron su capacidad, hubiese sido una gran oportunidad si los hubiésemos atrapado, se nos hubiesen abierto muchas puertas— Su mirada fija en los de los demás presentes.

—Mi señor, noté algo también, el príncipe Vaedrik tiene cierta debilidad, y esa es su hermana, ese día lo demostró al ponerla primero a ella, se notaba su preocupación porqué la princesa Elyra no saliera lastimada— El rey se quedó en silencio un momento, pensando en lo qué el anciano del consejo había dicho, en futuras guerras saber la debilidad de uno de los oponentes era una gran ventaja.

—El tema ha terminado, claro qué continuaremos ésta conversación, pero...sean cautelosos, los Velkharys son una casa imponente y poderosa, si quieren vivir, guarden ésto en los más profundo de su interior— El hombre se puso de pie al igual qué los demás hombres del consejo, estos hicieron una reverencia y el rey salió de la sala de reuniones con la frente en alto y la mirada fija en el frente.

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