El cielo se extendía en un azul profundo, salpicado de nubes que se deshacían al paso de los dragones. Las alas de las bestias cortaban el aire con majestuosidad, y el rugido del viento era el único sonido que acompañaba a los hermanos en su travesía hacia Nocthar. El sol, en su cenit, lanzaba destellos dorados sobre las escamas de los dragones, haciendo que brillaran como si fueran forjadas en oro líquido. Vaedrik, montado sobre su imponente dragón, miraba el horizonte con una mezcla de determ