Mundo ficciónIniciar sesiónEl cielo se extendía en un azul profundo, salpicado de nubes que se deshacían al paso de los dragones. Las alas de las bestias cortaban el aire con majestuosidad, y el rugido del viento era el único sonido que acompañaba a los hermanos en su travesía hacia Nocthar. El sol, en su cenit, lanzaba destellos dorados sobre las escamas de los dragones, haciendo que brillaran como si fueran forjadas en oro líquido. Vaedrik, montado sobre su imponente dragón, miraba el horizonte con una mezcla de determinación y preocupación. Elyra, a su lado, mantenía una expresión serena, aunque sus ojos reflejaban la tensión de la misión encomendada.
—Vel’tharyn dor akhánar —susurró Elyra, dejando que las palabras se deslicen como seda desde sus labios, mientras el sol dorado se filtraba entre las copas de los árboles antiguos, iluminando el claro donde descansaban los dragones. Era una frase sencilla, pero cargada de historia. Un lindo día resplandece… decían los ancestros cuando la guerra les daba tregua, cuando las cenizas del conflicto aún flotaban en el aire y, sin embargo, se permitían sonreír al alba. Aquel idioma, el Valkaresh, era más que un conjunto de sonidos; era un eco de un tiempo antiguo, una herencia viva que se resistía a desaparecer. Nacido de las antiguas lenguas de los jinetes del fuego, aquellos que descendieron de las montañas del norte y reclamaron los cielos con sus dragones, el Valkaresh había evolucionado con las eras. En tiempos remotos, se hablaba el alto Valyrio, lengua madre de imperios caídos y dinastías que ya solo vivían en los cánticos de los bardos. Era un idioma rígido, solemne, lleno de formas complejas y símbolos olvidados. Pero el paso de los siglos, las migraciones, las guerras, y la unión —forzada o voluntaria— de los cinco reinos, moldearon su estructura, suavizaron sus bordes, y así nació el Valkaresh. Una lengua forjada en fuego, sangre y tiempo. Con el aliento de los dragones y la tinta de los escribas, el Valkaresh se convirtió en el idioma de los reyes, de los tratados y las traiciones, de las profecías y las canciones que cruzaban mares y tronos. Hoy, era hablado en todo el continente, no por decreto, sino por respeto. Porque cada palabra cargaba el peso de generaciones, y quien lo hablaba, incluso sin saberlo, se unía a la memoria de su gente. Elyra, hija del fuego y la noche, hablaba Valkaresh como si lo llevara en la sangre —y quizás así era— porque el idioma vivía dentro de los Velkharys, como vivía en el aleteo de los dragones, en las runas de piedra escondidas bajo Valatharys, en los susurros del viento entre las torres del castillo. Y cuando ella dijo Vel’tharyn dor akhánar, no solo saludaba al día… recordaba a los que vinieron antes, a los que construyeron el mundo sobre el que ahora ella y su hermano cabalgaban con alas de fuego. —Akhánar vel drakhae, zher Elyra —respondió en la misma lengua, con una voz grave, pausada, y sin apartar la mirada del horizonte. “Y que resplandezca con fuerza, mi Elyra”. Veadrik hablaba el idioma bien, manejaba las conjugaciones, pero no solía usarlo mucho, a menos que fuera necesario. —Zher Elyra... dor vel’kha zher’Vaedrik, naresh vel’thar vel eiran?— (Mi Elyra... jamás has dicho algo así, Vaedrik, ¿cuál es la razón?) Su voz suave, y su mirada clavada en los ojos de su hermanastro, no solían ser cariñosos entre ellos, además el cabello cobrizo jamás la había tratado de tal manera, y con un tono tan especial. —El mar del Este siempre ha sido traicionero— Dijo Vaedrik ignorando la pregunta de Elyra. —Como los reyes que gobiernan más allá de él —respondió Elyra, sin apartar la vista del horizonte. El viento jugaba con sus cabellos, y por un momento, ambos hermanos compartieron una mirada que decía más que mil palabras, pero aún así seguían con su fachada de indiferencia.—¿Confías en que Daemion Varthar honrará la tregua? —preguntó Elyra, susurrando apenas, como si temiera que el viento llevara sus palabras demasiado lejos. —Confío en que nuestros dragones nos llevarán de regreso, sin importar lo que ocurra en Nocthar —respondió Vaedrik, con una leve sonrisa apenas dibujada en los labios. El viaje continuó en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. Las aguas del mar del Este se extendían infinitas bajo ellos, y la isla que marcaba la mitad del camino se perfilaba en la distancia, envuelta en una neblina tenue. Al llegar a la isla, descendieron y permitieron que sus dragones descansaran. La vegetación era densa, y el canto de aves desconocidas llenaba el aire con un eco fantasmal, el sol comenzaba a ponerse, en poco tiempo anochecería. —Aquí pasaremos la noche —dijo Vaedrik, mientras desmontaba con agilidad. —Es un lugar tranquilo, pero no bajemos la guardia —advirtió Elyra, acariciando el cuello de su dragón. Vaedrik se sentó en el suelo, no pasó mucho cuando la Luna comenzó a asomarse, la noche comenzó a caer y de pronto el cielo se volvió oscuro, pero la Luna los iluminaba, eso hacía que pudiesen ver. Elyra se acercó a él de cabello cobrizo y se sentó a su lado, los dos en silencio, nadie decía nada, no había necesidad. No podían estar del todo confiados, el rey Daemion Verthar podía estar enterado de su llegada y mandar hombres a por ellos. —Zher neval— (El mar) Susurró Elyra mientras miraba las olas que golpeaban la costa de la Isla. Dejó reposar su cabeza en el hombro de Vaedrik, quien podía sentir el miedo de su hermana a través de su mirada, sabía que ella valiente, pero temía a lo que podía pasar. —Kael vel drakhae— (Tú eres fuego)— No temas, yo te protegeré— Dijo el chico como si leyera los pensamientos de ellas. —¿Por qué lo harías cuando puedes salvarte tú?. —Zher'khar, kaer'khar Elyra— (Mi sangre, tu sangre Elyra) La joven solo se sonrió para sí misma, como si aquella frase, pronunciada con tanta sinceridad, hubiese desatado en su pecho una brisa suave que removía antiguos silencios. No respondió de inmediato, ni giró el rostro, simplemente dejó que sus labios dibujaran una pequeña curva serena, casi nostálgica, mientras sus ojos seguían perdidos en lo alto, donde el cielo nocturno comenzaba a florecer con miles de diminutas luces. Las primeras estrellas, tímidas pero constantes, brillaban con una intensidad particular aquella noche, como si también quisieran formar parte de aquel momento suspendido entre el deber y el deseo, entre el viaje que los separaba del hogar y la conversación que los acercaba uno al otro. Elyra respiró profundo, el aire salado del mar se mezclaba con el aroma cálido del cuero de los arreos del dragón, con la fragancia de las flores nocturnas que flotaban desde las costas lejanas. En su mente, las palabras de Vaedrik resonaban aún, fuertes, hondas, como si hubieran sido pronunciadas siglos atrás, como si su eco se hubiera fundido con el murmullo del viento y las olas. Pero no era sólo eso, no era sólo lo que él había dicho, sino cómo lo había dicho, la forma en que su voz la había alcanzado sin tocarla, esa voz que tantas veces había sido orden, espada, escudo, y que ahora era calma, fuego lento, y promesa. Con los ojos aún clavados en el firmamento, donde la luna comenzaba a alzarse como una guardiana silenciosa, Elyra pensó en lo que vendría, en lo que aún no sabían, pero también en lo que ya estaba escrito en el destino que compartían desde antes de nacer. Y así, en silencio, dejó que su corazón hablara solo, y que las estrellas escucharan, y en como dejar de sentir resentimiento, como poder verlo como un verdadero “Velkhor” (Hermano). ¿Y dónde encontrar fuerza para poder expresar lo qué realmente sentía? ¿Cómo entender, si ni ella misma lo hacía? ¿Cómo gritarlo?. Pero a veces, lo más importante no necesita ser dicho, solo sentido. ⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯ ✦ ✦ ✦ ⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯ El cielo aún conservaba los tonos pálidos del alba cuando el batir de alas desgarró el aire sobre las montañas heladas de Nocthar. El sonido era poderoso, como el rugido del mismísimo cielo al despertar, y anunciaba que los herederos de Valatharys habían llegado. Los dragones descendieron en espiral, con elegancia feroz, atravesando las brumas que aún cubrían los riscos como un velo de plata. El aliento tibio del verano apenas alcanzaba aquellas tierras del norte, donde incluso en los días cálidos, el aire se mantenía frío, cortante, como si el reino entero se negara a ser tocado por la estación amable. La escarcha aún perlaba los bordes de los estandartes y las armaduras de los guardias noctharianos, que aguardaban en formación frente al puente de piedra negra que conducía a la fortaleza real. Vaedrik Velkharys desmontó primero, sus botas resonando firmes sobre la piedra húmeda. Vestía la capa oscura con el emblema de su linaje —el dragón alado de fuego doble— y su porte erguido no se alteró siquiera cuando los soldados no inclinaron la cabeza del todo. Elyra descendió justo detrás, con la misma gracia silenciosa que la caracterizaba, el cabello recogido en trenzas altas, y la mirada fija, serena, observando cada gesto, cada mirada que los rodeaba. Nocthar era una tierra silenciosa. A diferencia del bullicio de los mercados de Valatharys o los cantos de los peregrinos en los caminos del sur, aquí solo se oía el crujido del hielo bajo las botas, el silbido del viento entre las almenas, y los pasos medidos del recibimiento. La fortaleza que se alzaba frente a ellos era inmensa, construida en piedra volcánica traída del norte, color gris azulada, coronada de torres que parecían rasgar el cielo, como si desafiaran al sol a salir más allá del invierno. Un hombre delgado, de barba canosa y ojos oscuros como carbón, se adelantó entre los guardias. Llevaba una túnica larga de pieles oscuras, y una cadena de oro blanco cruzándole el pecho. Su voz era grave, cargada de cortesía apenas templada por la obligación: —Príncipe Vaedrik Velkharys, princesa Elyra Velkharys —dijo mientras se inclinaba apenas, en señal de respeto—. El rey Daemion de Nocthar os da la bienvenida a su reino. Elyra bajó lentamente la cabeza. Vaedrik no apartó la mirada del hombre. —Hemos traído un mensaje de parte de nuestro padre —dijo con voz firme, sin necesidad de elevarla. El eco de sus palabras pareció rebotar entre los muros—. Un mensaje para el rey. —Lo recibiréis al mediodía —respondió el consejero con calma—. Los salones están preparados, y se os ofrecerá descanso. El rey Daemion prefiere la luz alta del sol para hablar con los emisarios. Un gesto sutil, una pausa demasiado calculada. Elyra lo notó. Las sombras se movían con lentitud aquí, como si respiraran junto a las piedras del castillo. Nada en Nocthar era lo que aparentaba. Y lo sabían. Mientras eran conducidos al interior, entre corredores húmedos de piedra pulida y tapices oscuros con inscripciones en una lengua antigua, Vaedrik ladeó el rostro hacia su hermana. No necesitó palabras. Ella entendía. No estaban ahí como invitados. Estaban ahí como piezas de un tablero que ya se había empezado a mover.






