Mundo ficciónIniciar sesiónLas puertas del salón del trono se abrieron lentamente, arrastrando su peso como si cada bisagra cargara con siglos de historia congelada. Al interior, la penumbra era más espesa, como si los vitrales ennegrecidos por el hollín y el tiempo solo permitieran el paso a una fracción de la luz del sol. El trono se alzaba al fondo como una pieza esculpida en hielo antiguo, ennegrecido por el polvo de muchas generaciones, elevado por escalones de obsidiana que se fundían con el suelo como raíces que se negaban a ceder. Las paredes estaban cubiertas de estandartes oscuros, con emblemas en plata y sangre bordados con una precisión casi religiosa. No había música, ni rumores, ni murmullo alguno. El aire parecía haberse detenido. Los únicos sonidos eran los pasos de Vaedrik y Elyra sobre la alfombra de piel negra que cubría el centro del salón. Cada paso era observado. Cada gesto calculado.
Y entonces, el rey. Daemion Verthar era una figura que parecía haber nacido del hielo mismo. Su cabello,negro como la noche, caía hacia atrás con un orden severo, sin una hebra fuera de lugar. Sus ojos eran tan pálidos, tan claros, que uno podía imaginar ver el reflejo de su propia muerte si los miraba demasiado tiempo. Sus ropajes eran tan oscuros como la medianoche en el corazón del bosque de Nocthar, salvo por el broche que sujetaba su manto, una bestia marina tallada en plata pura, símbolo de su linaje y del mar helado que abrazaba su reino. No se alzó al verlos, no ofreció un saludo, no cruzó palabra alguna en el momento en que sus invitados se detuvieron frente a él. Se limitó a observarlos, como un halcón mide a sus presas antes de lanzarse. Entonces habló, y su voz era como el crujido del hielo bajo el peso de un gigante. —Los hijos del fuego llegan al norte... —dijo con una lentitud antinatural, con esa voz que parecía arrastrar consigo siglos de frío y desconfianza—. Qué ironía... traer calor a estas tierras donde nadie lo ha pedido. Vaedrik sostuvo su mirada con la misma firmeza que aprendió desde niño, cuando sus lecciones no solo consistían en leer mapas y estudiar historia, sino en aprender a no bajar la vista ante quienes lo deseaban débil. Su voz no titubeó, no vaciló, pues llevaba la voluntad de su padre, el rey Arkan Velkharys, y más aún, la de toda Valatharys. —Mi padre, el rey Arkan Velkharys, os envía su palabra, Daemion de Nocthar —dijo, su voz como una lanza templada en fuego—. Su mensaje es claro: la paz no puede fundarse en cuchillas escondidas ni en silencios prolongados. Valatharys extiende la mano… no la garra. El silencio que siguió fue pesado, espeso, como la niebla antes del amanecer. Elyra, al lado de su hermano, mantenía la postura erguida, pero sus ojos recorrían cada sombra, cada figura inmóvil de los soldados apostados, cada rincón del salón donde podría ocultarse una intención, un filo, una traición. Su vestido largo arrastraba ligeramente el suelo, y en su cintura, la empuñadura de su daga descansaba como una promesa muda. El rey Daemion inclinó apenas el rostro, no en señal de respeto, sino de contemplación. Una sonrisa tenue se formó en sus labios, sin calidez alguna. —Valatharys extiende la mano... pero trae fuego bajo la lengua —respondió el rey—. Nocthar escucha, Príncipe de dragones... y juzgará. Vuestra presencia es bienvenida, pero no olvidada. Descansad en mis tierras. Esta noche, el hielo no morderá vuestras gargantas… aún. Y con una leve inclinación de su dedo, los soldados se dispersaron. La alfombra fue despejada, y el aire pareció volver a moverse, aunque más gélido, más denso. Vaedrik no respondió, ni Elyra, aunque ambos sabían, sin necesidad de hablar, que no estaban en casa. Estaban en una madriguera de lobos marinos, y si querían salir de ella con vida, tendrían que caminar con sigilo... y volar con fuego. ⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯ ✦ ✦ ✦ ⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯ La cena fue ofrecida sin entusiasmo ni verdadera intención de agasajo. En los largos salones del ala norte del castillo, iluminados por antorchas de llama pálida que parecían consumirse con dificultad, se dispuso una mesa de madera negra, tallada con motivos de raíces y bestias marinas, donde los lores menores de Nocthar se sentaron sin decir palabra, como estatuas talladas en hueso antiguo. La comida era abundante pero fría: carnes saladas, panes duros, frutas oscuras de invernadero, vino amargo como sangre estancada. Elyra no comió más que un trozo de manzana, mientras que Vaedrik apenas probó el vino, manteniéndose erguido, con las manos cruzadas frente a él, como si aún estuviera en audiencia. Nadie reía. Nadie brindaba. Solo la música áspera de una lira tocada con descuido por un bardo local y el crujir de los muros antiguos rompiendo el silencio. Fue entonces cuando el rey Daemion Verthar, sentado en un trono más bajo al pie del salón, irguió la mano, y un soldado se acercó por su derecha. El hombre llevaba un cofre largo, cubierto con una tela negra y bordes de hierro. Con paso solemne, lo colocó frente a los príncipes y se retiró sin decir una sola palabra. Daemion no habló de inmediato, dejando que el peso del momento cayera sobre todos los presentes como una capa de escarcha. —Es costumbre en estas tierras... —dijo finalmente, su voz arrastrada como el hielo fundiéndose en piedra—... que lo que es valioso sea compartido, y que lo que tiene alas no vuele sin permiso del viento norte. Nuestros sabios creen que las bestias que os acompañan… vuestros dragones… serían más seguras aquí, bajo nuestros cuidados. Vaedrik se levantó en ese instante, con la lentitud de quien sabe que todo podría incendiarse con un movimiento en falso. Su sombra se alargó como la de un dios herido por la afrenta, proyectándose sobre la mesa. Elyra no tardó en seguirlo, más silenciosa pero no menos decidida, y en sus ojos ardía la furia contenida de generaciones de fuego. —No somos emisarios de vasallaje, ni esclavos que entregan sus armas al cruzar un umbral —dijo el príncipe, y su voz ya no era templada como antes, sino acerada, con la fuerza de quien se sabe heredero del fuego—. Los dragones no se enjaulan, no se domestican, y menos aún… se roban bajo excusas disfrazadas de cortesía. El murmullo se extendió como un gas venenoso entre los lores de Nocthar. Algunos se removieron en sus sillas. Otros bajaron la mirada. Pero Daemion permaneció inmóvil, su rostro una máscara helada de calma fingida. Su siguiente gesto fue mínimo, imperceptible. Pero bastó. La puerta del salón se cerró de golpe, y varios soldados se posicionaron a lo largo del muro. No blandían aún sus armas, pero las manos descansaban ya sobre las empuñaduras. Elyra dio un paso al frente, su manto de terciopelo azul ondeando con elegancia solemne, y sus ojos esmeralda brillaron con una firmeza que pocos esperaban ver en una mujer tan joven. Sus palabras salieron en Valkaresh, firmes como juramento de sangre. —Khal’reth drak vyr —Los dragones no conocen cadenas. Vaedrik no dudó. Dio un solo silbido, un sonido bajo, apenas perceptible para oídos comunes, pero suficiente. A lo lejos, un rugido atravesó el cielo. El estruendo fue como un trueno que partiera el aire. Las ventanas temblaron. Los estandartes se agitaron violentamente. El sonido era inconfundible: los dragones de Valatharys estaban cerca. Y entonces el caos se desató. Uno de los soldados de Nocthar intentó dar la orden de ataque, pero Elyra fue más rápida, arrojando su daga con precisión absoluta. El acero cruzó el aire y se incrustó justo en la garganta del hombre, que cayó como un tronco al suelo sin emitir más sonido que un gorgoteo débil. Vaedrik derribó la mesa con un golpe seco, usando su peso para abrir espacio entre ellos y los guardias. Los lores gritaban, corriendo a cubrirse, mientras el fuego de las antorchas titilaba con violencia. Las puertas traseras fueron abiertas desde el exterior por dos fieles escoltas valatharianos que habían esperado en silencio aquella señal, los Velkharys no eran estúpidos, los señores del fuego jamás iban a llegar a un reino sin tener uno que otro aliado ya seguro, nada podría garantizar que las cosas salieran bien, como en ese momento. —Por aquí mis altezas— Dijo el viejo canoso que los guió hasta un balcón, lo suficientemente grande como para que sus dragones se acercaran y ellos poder saltar, las dos bestias se abrieron paso entre las nubes. Elyra la cual era guiada por Vaedrik quien no había soltado su mano desde que salieron del comedor real, los soldados llegaron primero, el viejo consejero desenvainó su espada y con valentía retó a los hombres que era mucho más fuertes que el. —Vaedrik debemos ayudarle— Susurró Elyra, los dos pararon su caminar antes de llegar al final del balcón. —Corran, huyan mis altezas— Y en un descuido los soldados de Nocthar clavaron sus espadas en el cuerpo del consejero Valathariano, y en el suelo cayó su cuerpo sin vida. Los dragones llegaron hasta donde ellos, pero al no haber tanto tiempo, Elyra y Vaedrik subieron a Vaerion, y Zhaerys solo los siguió, la joven princesa le dió una última mirada al reino de Nocthar. —Drakhae nor vernek sheldrak— (El fuego no teme a la sombra) Susurró Elyra para luego regresar su mirada al frente, con su espalda pegada al pecho de su hermanastro, habían matado a uno de los suyos, y como todos unos Velkharys lo vengarían con fuego, había muerto siendo leal a Valatharys. Cómo descendientes de los Targaryen, debían comportarse y dar ejemplo como tal, llevar con orgullo el hecho de ser el único clan sobreviviente de Valyria, debían mantener vivo el recuerdo de sus ancestros, y estar orgullosos de la gran historia detrás de su apellido. Llevaban la sangre de la gran reina Rhaenyra Targaryen, primera con su nombre, reina de dragones, qué murió con honor, como toda una jinete de dragones, hija del gran rey Viserys Targaryen, un ejemplo a seguir. El rey Margot, sus abuelos, y sus bisabuelos, se habían encargado de dar a conocer la historia de los Velkharys, de dónde provenían, y porqué su reino era él único que aún poseía dragones. Estamos hablando de siglos después de que el trono de hierro fuera destruido, según todos la historia acaba ahí, dónde todo termina, y un bastardo acaba con la vida de la última Targaryen, pero no saben que años después nacería un nuevo apellido, derivado a Targaryen, pero pese a los años de ha moldeado de diferente manera, y ya no es lo mismo, nuevos continentes, otro mundo, ya no es westeros, ya no es el trono de hierro. La lucha es la misma, todo se repite, pero el objetivo es otro, todos quieren el “Trono de Fuego” ¿Lo obtendrán? Esa era la pregunta de Elyra, el trono de Fuego se encontraba en Valatharys, pero era el blanco de muchos, quién tenía el trono de Valatharys tenía todo el continente de Drekhar, todos quería dragones, pero eso era algo por lo que los Velkharys debían pelear, y ella como futura reina debía tenerlo muy en mente. ⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯ ✦ ✦ ✦ ⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯ En el comedor del palacio de encontraba toda la familia Velkharys reunida, Litharys la hermana menor del rey Margot se encontraba sentada a la mesa junto a sus cuatro hijos, hijos qué habían crecido sin un padre, pero que eran fuertes y muy importantes en el palacio, cada uno con un dragón propio, no podemos dejar de lado esa parte, todo Velkharys debía tener su dragón, y claramente, Vaerion y Zhaerys el cual era hembra pero tenía apariencia de macho, esos dos eran los más grandes de la época y los más temidos, pero no los únicos. Serenya... La mayor de los cuatro. Fría, analítica, reservada, pero muy poderosa con su dragón. Su bestia se llamaba Vhorex, de escamas negras como el abismo y ojos negros. Serenya era la estratega silenciosa. Kaelion... Impulsivo, orgulloso, siempre a la sombra de Vaedrik. Tenía la ambición quemándole el alma, pero era también leal en su interior… o eso parecía. Su dragón se llamaba Tharex, de escamas doradas y aliento blanco. Nysha... La más dulce y misteriosa. Tenía una conexión especial con su dragón, casi mística. Hablaba poco, pero su mirada lo dice todo, su criatura se llamaba Aseryth, de escamas color violeta oscuro, casi azules. Maeron Velkharys El menor, inteligente, ingenioso y lleno de preguntas. Le fascinaba la historia antigua, el idioma Valkaresh, y soñaba con cambiar el destino. Su dragón, Velarion, era el más joven, pero el más veloz, con escamas verdes brillantes Serenya era cabello rubio apagado, completamente lacio, y ojos de un azul claro, muchos decían qué no era una Velkharys, pero debía serlo, cuando su madre era directamente hermana del rey, su difunto padre Ergotys Velarys, hijo de Drekor Velarys, gobernante de Draknor, muchos problemas se habían ocasionado por esa relación no bien vista por los mismos Valatharianos. Ergotys había muerto dejando sola a Litharys. Kaelion era castaño por su padre, su cabello ondulado y sus ojos cafés claros reflejaban orgullo y dulzura a la vez, era simpático, pero también apático, una persona compleja, apartada, y alguien que siempre quería estar a la altura de Vaedrik, aunque claramente, siempre fallaba. Nysha era dulce, amable, alegre, mejor que Serenya, su cabello castaño y ondulado como el de su hermano Kaelion, sus ojos del mismo color, pero con una personalidad totalmente diferente, era la que más convivía con Elyra, la cual no tenía una muy buena relación con los demás hermanos de Nysha. Maeron valiente, inteligente, con el cabello rubio y rizado, ojos azules como los de su hermana, y un rostro perfilado, los cuatro hermanos, altos e imponentes, fieles a su madre, mujer que no era de fiar, pero que era de la familia y no la podían exiliar. Todos tenía ese parecido a Ergotys, pero Nysha y Kaelion eran los más parecidos, los otros dos tenían los rasgos de su madre. —¿Cómo os fué en la misión?— Preguntó Elthara con voz suave y determinada, cada palabra bien dicha, y con ese ego en la mirada, un aire se superioridad que la envolvía. —Fué un caos, jamás debimos confiar en el reino de Nocthar






