La lluvia caía con fuerza, arrastrando consigo el olor a tierra mojada y el eco de un silencio cargado de tensiones no dichas. En medio de la penumbra, Aisha sentía cómo el frío se colaba por su piel, aunque el verdadero escalofrío provenía de la figura que se alzaba frente a ella.
Rasen se inclinó hacia ella, sus ojos oscuros y vacíos clavándose en los suyos como un abismo imposible de evitar. Su aliento frío rozó su oído, y su voz cargada de resentimiento rompió el aire.
—No quiero tu lealtad