La habitación era un santuario de sombras. En el centro, Aisha yacía encadenada en una jaula metálica, su respiración contenida entre el miedo y el orgullo. Frente a ella, Sanathiel.
—Desde que la traje en secreto, han pasado dos días. —La voz de Noah sonaba lejana, casi ceremonial—. Hubiera preferido que la vieras en otras condiciones, Sanathiel… pero aquí tienes las llaves.
Sanathiel no respondió. Caminó hacia la jaula, abriendo el candado con un clic seco. La tela que cubría el rostro de la m