París respiraba bajo una bruma espectral, como si el Sena hubiera vomitado sus secretos a las calles.
Rasen ajustó la cámara, capturando sombras que se retorcían bajo las farolas.
Pero un grito lo paralizó.
—¡Aléjate! ¡No quiero tu ayuda!
El grito rompió el murmullo de la multitud. Una figura se encogía contra un muro de piedra, temblando. Cabello anaranjado, sucio y enmarañado. Ropas rasgadas. Y en sus brazos… Las quemaduras. No eran cicatrices normales. Espirales talladas en la piel. Simétrica