47. UNA MARCA NO DESEADA
Todo estaba bañado en rojo.
Mi aldea, aquella tierra que había soñado convertir en un refugio seguro, estaba en ruinas. Las casas ardían mientras el humo dibujaba espirales sobre un cielo gris y muerto. La gente que había jurado proteger estaba tirada por el suelo, sus cuerpos inertes, o peor aún, caminando con ojos enloquecidos, atacando a sus propios hermanos como bestias sin mente.
Traté de invocar mi don. De alzar mis manos para detener aquella locura. Pero cada vez que lo hacía, una fuerza