El amanecer llegó tres días después cubierto de una bruma espesa, como si el cielo mismo se negara a dejar partir a Caleb. El reloj marcaba las seis, y el aire olía a lluvia, a despedida… a algo que Rous no sabía nombrar, pero sentía muy dentro del pecho.
Caleb estaba de pie frente a la puerta, con su vieja mochila al hombro, la chaqueta gris que tanto había remendado ella, y esa mirada firme que solo mostraba cuando estaba decidido a algo.
Pero detrás de esa aparente calma, su alma se deshacía