Rous observaba las pantallas una y otra vez, como si insistir pudiera arrancarle respuestas al vidrio frío de los monitores. No observaba nada atreves de ellos y la intriga continuaba. Ninguna señal de Caleb. Ninguna señal de Milán. El silencio empezó a pesarle más que el miedo. No era un silencio normal; era ese tipo de quietud que anuncia tragedias, el que se instala justo antes de que todo se quiebre.
La idea era que Milán o Caleb salieran de esa bodega y dieran la señal para actuar, pero hasta ese momento ni las moscas respiraban. Su corazón comenzó a latir con una urgencia desordenada. Un presentimiento oscuro, viscoso, se le atravesó en el pecho. —No… —susurró para sí misma—. Esto muy mal. ¿Qué debo hacer?
La suerte estaba echada y parecía ser que ya no estaba a favor de Milán, pero Caleb aun continuaba ahí de pie y con la mirada helada por lo sucedido.
Rous tomó el comunicador con manos firmes, aunque por dentro todo temblaba. Contactó al comandante sin rodeos, sin más tardanza