Rous observaba las pantallas una y otra vez, como si insistir pudiera arrancarle respuestas al vidrio frío de los monitores. No observaba nada atreves de ellos y la intriga continuaba. Ninguna señal de Caleb. Ninguna señal de Milán. El silencio empezó a pesarle más que el miedo. No era un silencio normal; era ese tipo de quietud que anuncia tragedias, el que se instala justo antes de que todo se quiebre.
La idea era que Milán o Caleb salieran de esa bodega y dieran la señal para actuar, pero ha