La casa estaba en silencio, apenas interrumpido por el tic-tac suave del reloj de péndulo en la sala. Orión dormía hecho un ovillo en el sillón, ajeno a la tensión que se respiraba como un gas invisible y denso.
Las luces tenues del recibidor estaban estratégicamente puestas para crear la ilusión de tranquilidad y ausencia. Parecía que todo estaba en orden. Que yo estaba dormida. Que la casa era segura.
Pero nada estaba en orden.
Y yo no estaba dormida.
Los documentos estaban sobre la mesa: