Ahora quien juega con la mente de Alexander es él, y sé que si no intervengo, los golpes entre ellos no se darán fuera de la casa.
Peter no necesita decir nada. Su presencia lo dice todo: el peso de su cuerpo detrás mío, el calor de su pecho presionando contra mi espalda, la firmeza de sus brazos en mi cintura. Cada movimiento suyo es una declaración silenciosa de posesión. Alexander lo mira, y sin que Peter mueva un músculo más que los necesarios para sujetarme, su sola existencia aplasta cual