—Suba, señora.
Subí dos escalones de la escalera. Se veía firme, y luego lo recordé.
Mi vestido de novia, mi daga y mi pistola bañada en oro. Son regalos, los últimos regalos que mi padre me había dado, y no pensaba dejarlos atrás. Volví a bajar y los tomé, acunando todo en mis brazos, con amor y tristeza.
—Una reina puede olvidar su vestido, pero no su corona, ¿verdad? —Connor me sonríe y con su índice señala la delicada tiara en mi cabeza.
La toco por instinto y le regalo una sonrisa que no l