Entre el crepitar del fuego, Roisin avanzaba con paso firme, los pulmones ardiendo por el humo denso que llenaba los pasillos. Cada respiro era un esfuerzo, cada parpadeo un escudo contra las chispas que caían como lluvia abrasadora. La destrucción la rodeaba: paredes ennegrecidas, vidrios rotos, fragmentos de madera y mármol desperdigados como testigos mudos de la masacre. Pero no era miedo lo que la impulsaba; era rabia, deber y la certeza de que ya no era la misma mujer que se había casado h