Pasamos al elegante comedor. La mesa es larga y todo está finamente decorado con aires masculinos que te gritan en la cara el poder y el dinero de la familia de mi mujer. La madera oscura brilla bajo la luz cálida de las lámparas, y cada objeto sobre la mesa —la vajilla pesada, los cubiertos de plata, las copas de cristal— parece colocado con una precisión casi intimidante.
La ayudo a sentarse en la punta de la mesa y yo tomo asiento a su lado. El roce de su vestido contra mi brazo me provoca