Iván continúa, su voz baja pero firme, como un hilo de acero que corta el aire.
—Declan, cuando vi a tu hija me volví loco. Pasó por mi cabeza traerla a la fuerza y tenerla para mí como fuera. Podía hacerlo si quería; ella pasaba mucho tiempo sola cuando tú no estabas, cuando ese infeliz con quien se casó viajaba. Pude hacerlo mil veces, pero no era solo deseo. Quería que fuera mi esposa, no verla triste y odiándome. Además, tuve en cuenta a su bebé. Yo jamás le haría eso a tu hija.
Se inclina