Obedezco y tomo asiento, sintiendo cómo el peso del mundo sigue apoyado sobre mis hombros, aunque por un instante, hay un respiro en la tensión que me oprime el pecho.
—Pequeña, no hablé con nadie y desaparecí del radar después de que pasó todo, porque cuando Robert se llevó a tu padre, lo llevó con mi esposa, quien había curado sus heridas y luego fue hospitalizado en una de nuestras clínicas. He estado cuidandolo desde entonces.
No entiendo. Recuerdo que Robert Moore, el amigo de mi padre, se