Mad desayunó solo. De vez en cuando miraba con apacible expresión el puesto vacío de Amalia y masticaba con más fuerza de la necesaria.
Si la mujer fuera una gata de casa, tendría los nervios en su límite de crispación por su tardanza en regresar, pero Amalia era una gata callejera, que había hecho de la adversidad su rutina diaria. Ella sabía caer parada, eso se decía Mad. Y de seguro tenía siete vidas.
Cerca del mediodía, la conmoción que le habían dejado a Ortega las poco amables técnicas d