Mad despertó de su sueño y se encontró en una verdadera pesadilla. Acorralado en su propia casa, como una rata, ya no le pareció tan mala idea tener un perro, sobre todo con una gata traviesa haciendo de las suyas.
—No te muevas un centímetro o juro que disparo —amenazó ella. La convicción brillaba en su mirada filosa. La presa se convertía en depredadora.
Mad sonrió.
—¿Estás cómoda allí sentada?
Ella lo miró con asqueado desprecio.
—Ja. ¿Acaso alguna se siente cómoda?
—Hasta el momento ninguna