I El nacimiento
El cuchillo no le había perforado el corazón, m4ldito perro con suerte. Y mientras siguiera en su lugar, atorado entre las costillas, tampoco se desangraría rápido, pero dolía como el infierno y no podía levantarse.
Mad estiró el brazo. El cuerpo de Anahí seguía tibio, aunque eso no era indicio de nada. Alcanzó el teléfono en el bolsillo interno de su chaqueta y llamó a emergencias.
Él y Anahí fueron sacados en camillas. El intenso aroma a sangre y a los implementos médicos en l