Antonio Santori miraba con expresión meditabunda a sus hombres. Sus ojos, oscuros e insondables, se desviaron hacia el extraño "presente" que le habían llevado y que, en sí mismo, representaba una increíble muestra de poder y supremacía.
—¿Me están queriendo decir que mi hijo mató a cuatro hombres, entre ellos una golondrina?
—Es lo que se nos informó, señor.
—¿Y que le arrancó esta mano aparentemente a mordiscos?
El hombre guardó silencio. Entre la mirada inquisitiva de su jefe y la irrealida