Unavi procesó las palabras de Alfonso, tan autoritarias como esperanzadoras, con mesura. No iba a ilusionarse con tanta facilidad.
—Estoy en medio de mi turno, pero salgo en cinco horas.
—Dije que ahora.
Él la jaló una vez más.
—¡Hey, suelta a la señorita! —reclamó el cliente.
—Tú no te metas.
Ofuscado, el hombre que seguía esperando por el instagr4m, y tal vez algo más si era el héroe de la noche, cogió a Alfonso de las ropas y lo empujó sobre una mesa.
—¡No, él está convaleciente! —gritó Una