Kamus miró su reloj. Sólo faltaban cinco minutos. Caminó por su oficina, ordenó unas carpetas, bebió agua, se acomodó la corbata. Su nueva asistente entró. Ella se paseó alrededor del escritorio con su minifalda.
—Estos documentos necesitan su firma —informó, con voz aterciopelada.
Él volvió a mirar su reloj.
Ella, Anahí, se quedó esperando, sentada levemente en el borde de su escritorio. Había sido la mejor postulante, graduada con honores, un diplomado y hasta un magíster.
Si Alfonso Kamus fue