—Queridos hermanos y hermanas, estamos aquí reunidos para honrar la memoria de nuestra querida Jacinta Olivares, que ha partido al encuentro con el señor.
A Alfonso se le escapó una pequeña carcajada de incredulidad. Nadie lo oyó por la lluvia que caía a cántaros sobre el camposanto y por el abundante llanto de Unavi. Vestida completamente de negro y con un hermoso sombrero de ala ancha, se limpiaba las lágrimas con un blanco pañuelo.
Se sintió atrapado en una comedia del absurdo.
—¡La matamos