Carlos tardó en entender que no todo movimiento es huida.
Durante mucho tiempo creyó que avanzar significaba desplazarse: cambiar de ciudad, de cargo, de rutina, de entorno. Se había movido así toda su vida, como si la distancia física pudiera resolver los dilemas que la conciencia se negaba a enfrentar. Pero hubo un punto —difuso, silencioso— en que esa lógica dejó de funcionar.
No fue una crisis.
No fue una revelación.
Fue agotamiento.
El agotamiento de sostener versiones parciales de sí mismo.
La primera vez que decidió quedarse —de verdad quedarse— fue una tarde cualquiera. No había ocurrido nada extraordinario. No había recibido malas noticias ni había sido confrontado por nadie. Simplemente, al terminar su jornada, no sintió la necesidad de irse rápido. No sintió la urgencia de llenar el tiempo con desplazamientos.
Se sentó y permaneció.
Ese gesto mínimo le reveló algo inquietante: había pasado años evitando ese momento exacto. El momento en que el cuerpo deja de