Carlos descubrió que lo más difícil no era irse.
Lo verdaderamente difícil era no volver mentalmente.
Había dejado atrás el edificio, el cargo, el apellido institucional que durante años le había servido como escudo. Sin embargo, algunas noches despertaba con la sensación de seguir allí, sentado frente a un escritorio que ya no existía, revisando informes que ya no le correspondían. El cuerpo estaba en otro lugar, pero la conciencia tardaba más en mudarse.
—Esto también es duelo —pensó una madrugada— Duelo por la versión de mí que ya no soy.
Durante mucho tiempo creyó que el trabajo lo había definido. No por vocación romántica, sino por estructura: saber quién era a través de lo que hacía. Sin eso, los días se abrían como un territorio sin mapas.
Y Carlos nunca había sido un hombre cómodo con la incertidumbre.
Comenzó a notar los rastros del pasado en gestos mínimos. En cómo se sentaba siempre de espaldas a la pared. En cómo evaluaba los silencios ajenos antes de hablar. En cómo aún m