El error no fue inmediato, fue acumulativo.
Y por eso, cuando apareció, nadie pudo fingir que se trataba de una casualidad.
Carlos lo vio claro una madrugada, frente a una pantalla que no debía existir en ese lugar. Había seguido una secuencia administrativa mínima —demasiado mínima para levantar alarmas— hasta que las fechas dejaron de coincidir como debían.
—Aquí —murmuró.
Un permiso emitido fuera de horario.
Un fondo reasignado sin respaldo.
Un traslado autorizado con firma válida… pero en un día imposible.
No era una prueba definitiva.
Era algo mejor.
Un patrón quebrado.
Carlos se recostó en la silla y cerró los ojos.
—Te apuraste —susurró— Y dejaste el rastro.
Sabía lo que eso implicaba.
Si avanzaba, exponía a personas que habían confiado. Si se detenía, permitía que el rastro se borrara.
El dilema ya no era profesional.
Era ético.
Adriana recibió el mensaje cifrado al amanecer.
No era extenso.
No era urgente en la forma.
Pero lo era en el fondo.
> “Encontré algo, no es definitiv