La respuesta fue rápida... demasiado rápida.
Ese fue el primer indicio de que no se trataba de orden, sino de miedo. En menos de veinticuatro horas, San Gregorio amaneció con comunicados oficiales, controles cruzados y una presencia administrativa que no se veía desde hacía años.
—Esto no es normal —dijo Carlos por teléfono— Es una reacción.
Adriana lo escuchaba desde el lugar discreto donde se había instalado. Tenía el cuaderno abierto, pero no escribía.
—Cuando el sistema responde así —respondió—,
es porque alguien tocó una fibra que no estaba preparada para vibrar.
Carlos exhaló.
—Están llamando a declarar a personas que nunca hablaron públicamente. No por lo que dijeron… sino por con quién se reunieron.
—Están buscando el centro —dijo Adriana— Y como no lo encuentran, amplían el círculo.
—Eso va a intimidar.
—Sí —asintió— Pero también va a dejar registros.
Silencio.
Carlos entendió.
—Cada citación es una huella.
—Exacto.
Nicolás observaba el despliegue desde su oficina improvisada