Adriana dejó San Gregorio sin hacer ruido.
No hubo despedidas públicas.
No hubo anuncios.
Solo una maleta liviana y una decisión firme.
No se iba del todo, se desplazaba de acuerdo a lo que tenia en mente hacer desde ahora.
Ese matiz era crucial.
Carlos la acompañó hasta el cruce donde el camino de tierra se encontraba con la carretera. No hablaron mucho. Ya no necesitaban explicarse lo que ambos entendían con claridad: quedarse podía convertirla en símbolo; irse, en ausencia útil.
—No es huida