Adriana dejó San Gregorio sin hacer ruido.
No hubo despedidas públicas.
No hubo anuncios.
Solo una maleta liviana y una decisión firme.
No se iba del todo, se desplazaba de acuerdo a lo que tenia en mente hacer desde ahora.
Ese matiz era crucial.
Carlos la acompañó hasta el cruce donde el camino de tierra se encontraba con la carretera. No hablaron mucho. Ya no necesitaban explicarse lo que ambos entendían con claridad: quedarse podía convertirla en símbolo; irse, en ausencia útil.
—No es huida —dijo Carlos finalmente— Es respiración.
Adriana asintió.
—Y estrategia —agregó— A veces, el mayor acto de resistencia es no ocupar el lugar que te asignan.
Carlos la miró con respeto.
—Van a decir que perdiste fuerza.
Adriana sonrió apenas.
—Que lo digan —respondió— Nunca entendieron de dónde venía.
Se separaron sin promesas. Sin dramatismo. Porque ambos sabían que esto no era un final.
El pueblo reaccionó como Adriana había anticipado.
Primero, confusión.
—¿Se fue?
—¿Entonces para qué habló?