La fractura no llegó con gritos ni enfrentamientos abiertos.
Llegó con decisiones pequeñas, casi invisibles, que juntas formaban una grieta imposible de cerrar.
Adriana lo notó cuando la dueña del hospedaje evitó mirarla esa mañana. No fue hostilidad. Fue cautela. El tipo de cautela que se adopta cuando alguien teme quedar del lado “equivocado” de algo que todavía no entiende del todo.
—El desayuno está listo —dijo la mujer sin levantar la vista— En la mesa de siempre.
Adriana agradeció y se sentó. El pan estaba tibio. El café, fuerte. Todo parecía normal, pero nada lo era.
Así empieza, pensó. Cuando la gente deja de preguntarse qué es justo y empieza a preguntarse qué es seguro.
La noticia se propagó rápido.
Una familia decidió irse del pueblo “por un tiempo”. Un comerciante pidió públicamente que “se bajara el tono”. Una profesora solicitó que no se hablara del tema en clases “hasta nuevo aviso”.
No era censura explícita.
Era autocontención.
Y eso era más difícil de combatir.
—Esto