La fractura no llegó con gritos ni enfrentamientos abiertos.
Llegó con decisiones pequeñas, casi invisibles, que juntas formaban una grieta imposible de cerrar.
Adriana lo notó cuando la dueña del hospedaje evitó mirarla esa mañana. No fue hostilidad. Fue cautela. El tipo de cautela que se adopta cuando alguien teme quedar del lado “equivocado” de algo que todavía no entiende del todo.
—El desayuno está listo —dijo la mujer sin levantar la vista— En la mesa de siempre.
Adriana agradeció y se se