Capítulo 62

San Gregorio no volvió a dormirse.

Eso fue lo primero que Adriana notó al amanecer. El pueblo seguía funcionando —los negocios abrieron, los niños fueron a la escuela, los buses pasaron a la misma hora—, pero algo en el aire había cambiado de forma irreversible.

Ya no había una sola versión.

Y eso, en un lugar acostumbrado a la uniformidad, era profundamente desestabilizador.

Adriana caminó temprano por la calle principal. No llevaba prisa. Tampoco buscaba encuentros pero aun así, estos ocurrieron.

Una mujer la detuvo frente a la panadería.

—No sé si hice bien ayer —dijo en voz baja— Hablé… y ahora tengo miedo.

Adriana la miró con atención.

—El miedo no invalida lo que dijiste —respondió— Solo confirma que era necesario.

La mujer asintió, pero no parecía tranquila.

—¿Y ahora qué? —preguntó— ¿Quién nos cuida?

Adriana sost
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