Adriana entendió que algo había cambiado antes de que nadie se lo dijera.
No fue una llamada. No fue un mensaje. Fue una sensación física, casi primitiva: esa presión en el pecho que no anuncia peligro inmediato, sino movimiento.
El enemigo ya no estaba marcando paredes.
Estaba caminando.
Se levantó temprano, con una calma que habría parecido extraña para cualquiera que supiera lo que llevaba encima. Preparó café sin apuro, observando cómo el vapor se elevaba y desaparecía, como tantas verdades que el pueblo había decidido evaporar durante años.
Ya no me va a hablar a mí, pensó, va a hablar a través de otros.
Ese pensamiento no la paralizó.
La organizó.
Abrió su cuaderno —no el digital, el antiguo— donde había vuelto a escribir desde que todo comenzó a romperse. Ahí no había pruebas judiciales, sino mapas mentales: relaciones, silencios, miradas repetidas en lugares distintos.
Nombres subrayados.
Flechas.
Fechas.
Había aprendido algo esencial: la violencia más eficaz no siempre es la