Adriana entendió que algo había cambiado antes de que nadie se lo dijera.
No fue una llamada. No fue un mensaje. Fue una sensación física, casi primitiva: esa presión en el pecho que no anuncia peligro inmediato, sino movimiento.
El enemigo ya no estaba marcando paredes.
Estaba caminando.
Se levantó temprano, con una calma que habría parecido extraña para cualquiera que supiera lo que llevaba encima. Preparó café sin apuro, observando cómo el vapor se elevaba y desaparecía, como tantas verdades