Adriana eligió la luz.
No porque la protegiera, sino porque exponía a quienes llevaban décadas moviéndose cómodamente en la penumbra.
La conferencia fue anunciada como algo menor:
una charla comunitaria sobre memoria histórica, organizada por una fundación local. Nada que despertara alarmas inmediatas.
Pero Adriana sabía exactamente lo que hacía.
Llegó diez minutos antes. Vestida de negro, sin joyas, sin adornos innecesarios. Su presencia no pedía atención: la reclamaba.
Carlos observaba desde lejos, mezclado entre asistentes y periodistas. No como investigador. Como testigo.
—Está provocando —murmuró alguien a su lado.
Carlos no respondió, porque no era una provocación, era una exposición calculada.
Adriana subió al escenario con paso firme. No sonrió. No buscó aprobación.
Tomó el micrófono.
—Gracias por venir —dijo— Hoy no voy a hablar de víctimas sin nombre. Ni de rumores. Voy a hablar de decisiones.
Un murmullo recorrió la sala.
—Durante años —continuó—, este pueblo confundió sile