El carrito metálico seguía en la mano de Carlos, frío como si acabara de subir desde las profundidades de la tierra.
El peso no era el del metal: era el de un pasado que, silenciosamente, había decidido volver a cobrar cuentas.
Adriana clavó los ojos en el juguete, temblando, con la respiración contenida, como si su propio cuerpo estuviera recordando antes que ella.
Esteban dio un paso atrás.
—Ese carrito… él nunca lo soltaba —murmuró— Era lo único que lo calmaba de niño.
Adriana sintió un vuelco en el estómago.
Recordaba ese ruido: el arrastre metálico contra el piso, el golpeteo repetitivo, los giros nerviosos que Nicolás hacía con el juguete cuando estaba observándola desde algún rincón.
Pero que el carrito estuviera ahí, aquí y ahora, significaba algo peor:
Nicolás no solo había estado en la casa.
Había estado allí hace minutos.
—Tenemos que salir —susurró Esteban, nervioso— Esto no es seguro.
Carlos negó, tenso, con el arma firme.
—No. No sin saber qué hay