El carrito metálico seguía en la mano de Carlos, frío como si acabara de subir desde las profundidades de la tierra.
El peso no era el del metal: era el de un pasado que, silenciosamente, había decidido volver a cobrar cuentas.
Adriana clavó los ojos en el juguete, temblando, con la respiración contenida, como si su propio cuerpo estuviera recordando antes que ella.
Esteban dio un paso atrás.
—Ese carrito… él nunca lo soltaba —murmuró— Era lo único que lo calmaba de niño.
Adriana sint