Capítulo 44

La casa del cabo Herrera quedaba al final del pueblo, como si incluso en vida hubiese querido mantenerse apartado de los demás.

No era una vivienda grande, ni especialmente deteriorada; más bien daba la impresión de haber sido detenida en el tiempo.

Las paredes eran de un blanco sucio, quebrado en algunos puntos por la humedad. Las ventanas, cubiertas por cortinas gruesas, parecían ojos cerrados que se negaban a despertar.

Carlos aparcó el auto frente al portón oxidado.

El silencio del lugar era tan espeso que resultaba casi opresivo.

Adriana permaneció quieta, mirando la casa como si fuera un animal dormido al que no quería despertar.

Esteban Rivas, que los había guiado en una camioneta vieja, se acercó al auto de Carlos y tocó la ventanilla.

—Les mostraré la entrada correcta —dijo— La puerta principal nunca fue usada. Él no dejaba que nadie entrara por ahí.

Carlos bajó del auto.

Adriana hizo lo mismo, aunque su respiración era distinta: más corta, más tensa.

—Si te sientes mal, me d
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