La casa del cabo Herrera quedaba al final del pueblo, como si incluso en vida hubiese querido mantenerse apartado de los demás.
No era una vivienda grande, ni especialmente deteriorada; más bien daba la impresión de haber sido detenida en el tiempo.
Las paredes eran de un blanco sucio, quebrado en algunos puntos por la humedad. Las ventanas, cubiertas por cortinas gruesas, parecían ojos cerrados que se negaban a despertar.
Carlos aparcó el auto frente al portón oxidado.
El silencio del lugar er