Mundo de ficçãoIniciar sessãoCarlos no durmió esa noche.
Ni un minuto.
Ni siquiera cerró los ojos.
La imagen de Adriana, de pie junto a la ventana del departamento de Mara, con la voz quebrada diciendo “contigo… paré”, se repetía en su mente una y otra vez.
Como un mantra. Como una herida abierta que se niega a cicatrizar.
Se recostó en el sillón de su departamento, aún con la chaqueta puesta, los nudillos enrojecidos de apretar los puños durante horas.
El amanecer llegó sin su permiso, filtrándose entre las cortinas como un recordatorio cruel de que el mundo seguía moviéndose aunque él estuviera d







