Capítulo 29

La madrugada avanzaba como un animal cansado.

En la comisaría, las luces seguían encendidas en el pasillo del área de homicidios. Un par de funcionarios bostezaban frente a las pantallas, otros revisaban correos, alguien rellenaba café quemado en una jarra que ya olía a metal.
Carlos estaba en la sala de archivo, rodeado de carpetas que parecían crecer cada vez que parpadeaba.

Sobre la mesa, había separado tres nombres:
El de la última víctima.
El de John.
El de Adriana.

No porque estuviera escrita en un expediente —todavía—, sino porque su presencia se filtraba entre las líneas de todos los

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