En la habitación de Aynara, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Uzziel dormía plácidamente en su cuna después de un largo llanto, ajeno al terremoto emocional que sacudía a los adultos a su alrededor.
Elena entró con paso sigiloso, su rostro reflejando la preocupación que la carcomía. Sabía lo que había pasado. Todos lo sabían.
—Ayni —dijo, sentándose en el borde de la cama—, amiga, ¿cómo estás?
Aynara no respondió. Sus ojos verdes estaban fijos en la ventana, en la nieve que caía suave