No había palabras de perdón, ni de reproche. Solo una mirada que decía más que cualquier discurso.
Bóreas cerró la puerta y dio una palmada en el techo del vehículo.
—¡Váyanse!
El todoterreno avanzó entre los árboles, seguido por los lobos y los Lycan que corrían a su alrededor como sombras.
Bóreas se quedó mirando cómo se alejaban, con el corazón en un puño.
—¿Crees que lleguen? —preguntó Kurt a su lado.
—Tienen que llegar —respondió Bóreas—. Porque si no... no sé qué voy a hacer.
Se dio la vu