En su estudio, Bóreas tenía la cara enterrada en las manos.
Negaba con la cabeza una y otra vez, como si eso pudiera borrar lo que había pasado.
—¿Cómo pude no entender? —murmuró—. ¿Cómo pude no darme cuenta?
Los ojos traicionados de Aynara pasaban por su mente una y otra vez. Esa mirada de dolor, de decepción, de amor herido. Y sus propias lágrimas no podían detenerse.
Kurt estaba en la puerta, observándolo en silencio.
—Majestad —dijo finalmente—. No fue su culpa.
—Claro que fue mi culpa —res