La bestia se movió dentro de Bóreas como un terremoto. Sus ojos cambiaron de color, pasando del dorado sereno al ámbar furioso. Un gruñido profundo escapó de su garganta.
—No eres ella —dijo Bóreas, su voz distinta, más grave, más bestial.
Selena retrocedió, asustada.
—Majestad, yo...
—No eres mi reina —la interrumpió él, y sus ojos ardían—. ¿Quién eres?
Selena quiso huir, pero sus piernas no respondían. El miedo la había paralizado.
En ese momento, la puerta de la biblioteca se abrió.
Aynara e