En Montenaz, la noche era tranquila. Demasiado tranquila.
Aynara no podía dormir. Uzziel descansaba en su cuna, con su pequeño puño apoyado en la mejilla, respirando suavemente. Pero ella, sentada en la mecedora junto a la ventana, miraba el bosque con una inquietud que no podía explicar.
Los salvajes se movían entre los árboles, sus ojos negros brillando en la oscuridad. Pero incluso ellos parecían nerviosos, inquietos, como si olfatearan algo que Aynara no podía percibir.
—¿Qué pasa? —pregunt