Ahora, en la habitación de Aynara, Milka confirmó lo que ya sabía.
Se acercó a Carlo con paso lento, sus caderas moviéndose con una elegancia felina.
—Carlo —dijo, su voz baja y provocadora—. ¿No me vas a saludar?
—Hola —respondió él, con la voz ronca.
—¿Solo hola? Después de lo que bailamos la otra noche...
Carla, que estaba pelando una manzana, dejó el cuchillo en la mesa.
—¿Qué pasó la otra noche? —preguntó, con los ojos entrecerrados.
—Nada —dijo Carlo demasiado rápido.
—Bailamos —dijo Milk