El bebé, como si hubiera sentido la presencia de más personas en la habitación, abrió los ojos.
Eran dorados. Brillantes. Y miraban a Ariel con una intensidad que helaba la sangre.
Ariel se quedó paralizado.
—¿Qué... qué hago? —preguntó en un hilo de voz.
—Sonríe, papá —dijo Carla—. No te va a morder.
—No estoy tan seguro.
El bebé emitió un sonido que podría haber sido una risa. O un bostezo. Nadie lo supo con certeza.
—Te reconoce —dijo Aynara—. Eres su abuelo.
Ariel sintió que el corazón se l