El sol comenzaba a asomarse cuando Aynara finalmente pudo dormir. El bebé, agotado después de su noche de exigencia, descansaba en su cuna, con una mano apoyada en la mejilla y la respiración suave.
Bóreas estaba sentado a su lado, sin atreverse a moverse.
—Deberías dormir tú también —le dijo Yskara desde la puerta.
—No puedo —respondió él—. Cada vez que cierro los ojos, pienso que algo va a pasar.
—Nada va a pasar —dijo Yskara—. Estás aquí. Nosotros estamos aquí. El bebé está a salvo.
—¿Estás