Salió de su estudio y llegó al gran salón justo cuando Damián entraba por la puerta principal. El sol apenas comenzaba a iluminar el horizonte. Había viajado toda la noche.
Sus ojos estaban rojos de ira. De indignación. De algo más profundo que Saya no recordaba haber visto en su hijo.
—¿Dónde está Selene? —gritó, su voz resonando en cada rincón—. ¿Dónde está esa maldita?
Los lobos de la manada se apartaban a su paso, confundidos, asustados. Nunca habían visto a su Alfa en ese estado. Demacrado