El pasillo frente a la oficina de Bóreas había visto mejores días. O al menos, días más tranquilos.
Aynara daba vueltas como un león enjaulado, sus pasos resonando en la piedra con una cadencia impaciente. Tenía el ceño fruncido, los brazos cruzados sobre su vientre cada vez más prominente, y una expresión que prometía tormenta.
El ayudante de Kurt, un joven Lycan de aspecto impecable pero claramente nervioso, la observaba desde la puerta con una mezcla de respeto y pánico.
—Majestad —dijo por