Mientras tanto, en otra parte de la fortaleza, Aynara caminaba junto a Bóreas hacia la habitación donde esperaban su padre y su hermano.
Sus pasos eran lentos, cada vez más lentos a medida que se acercaban.
—¿Nerviosa? —preguntó Bóreas.
—Sí —admitió ella—. No sé qué voy a decirles. No sé cómo voy a sentirme al verlos.
—Sea lo que sea, está bien. Son tus sentimientos. Nadie puede decirte cómo debes sentirte.
Aynara lo miró, agradecida.
—Gracias por acompañarme.
—Siempre.
Llegaron a la puerta. Ay